En las aulas de nuestro centro y de otros centros del mundo, trabajan y aprenden niños y niñas, que son diferentes pero tienen los mismos derechos y obligaciones. A algunos les gusta pintar, a otros leer y hay quien prefiere hacer fotos o el fútbol. Los hay altos, bajos, con gafas y sin ellas. También aprendemos de la mano de niños y niñas que tienen las cosas un poco más difíciles porque su capacidad física tiene alguna dificultad o porque les cuesta más tiempo y trabajo llegar al mismo sitio que los demás. Tenemos también compañeros y compañeras que no han tenido suerte en su vida hasta ahora y puede que necesiten más cariño porque no lo han tenido. O alumnado que se aburre en el colegio porque lo que trabajamos ya lo saben, tardan poco en aprenderlo o no les interesa.
Cuando recibimos, valoramos, ayudamos y potenciamos el aprendizaje académico y social entre niños y niñas con todas las capacidades, de todas las razas, de cualquier tipo de familia, cuando tratamos a los demás como a nosotros mismos, estamos hablando de educación inclusiva.
En este tipo de educación no sólo ayudamos a conseguir que este alumnado aprenda el currículo normal. Buscamos compartir aprendizajes de ida y vuelta. Salir del aula específica a las aulas normalizadas no es suficiente. Creemos que toda la comunidad escolar debe conocer cómo aprende este alumnado, cómo podemos ayudarles y, por supuesto, qué podemos aprender de ellos, que sabemos que es mucho.
Por medio de la educación inclusiva todas las personas participan de manera completa en la educación y la construcción social. No deja a nadie fuera por ninguna razón. Los beneficios académicos y sociales, trabajando de esta manera, son muchos y alcanzan a la mejora del desarrollo de todos los estudiantes. Cuando en una escuela se vive la inclusión de manera efectiva y sincera, la experiencia se traslada a la casa, al trabajo y a toda la sociedad.
Un alumno o alumna con discapacidad regala a sus compañeros la oportunidad de aprender aceptación, paciencia, amistad. Al contrario, ofrecen apoyo a quienes más lo necesitan de manera natural. Aprenderán autonomía, tendrán más motivación para aprender, sabrán relacionarse mejor unos y otros.
Las barreras culturales, los prejuicios, creer que todas las discapacidades son iguales, que somos iguales si no tenemos una discapacidad, la preocupación por el freno que la inclusión pueda suponer para el aprendizaje general, son asuntos a tratar, todos tienen su importancia y quizá necesitemos un momento de reflexión para comprender y mejorar la vida de estos niños y niñas, y la nuestra: del profesorado, las familias, el personal no docente, las instituciones, los propios niños y niñas.
Tampoco debemos olvidar que para vivir la inclusión de manera integral y digna, los recursos humanos, materiales y de formación, son imprescindibles. No basta con la buena voluntad, que quizá sea lo único que nos sobra, pero esto tampoco debe frenarnos.
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